La inteligencia artificial y el trabajo. Una conversación que no se puede seguir postergando.
Wall Street reaccionó de inmediato, y en pocos días, miles de millones de dólares de valor de mercado se diluyeron en un primer momento. Los mercados entendieron algo que aún no terminamos de procesar.
El CEO de Anthropic lo dijo sin rodeos: la inteligencia artificial podría eventualmente desplazar la mitad de todos los empleos administrativos y operativos de nivel inicial en los próximos uno a cinco años. No es una proyección. Es un proceso que ya está en marcha.
Había una cadena. Y se rompió en tres puntos.
Durante décadas funcionó un modelo eficaz. La universidad formaba al profesional con bases teóricas. La empresa lo recibía en un puesto de entrada — asistente, auxiliar, analista junior, digitador — y ahí completaba su formación con la realidad del trabajo operativo diario. Con el tiempo, ese joven desarrollaba criterio, ascendía y se convertía en el talento que la organización necesitaba.
Ese modelo hoy está roto. Y no en un punto. En tres.

Desde hace mucho tiempo atras muchos se graduaron sin haber desarrollado realmente las competencias que se requieren. No aprendieron a analizar, a sintetizar, a decidir bajo incertidumbre — porque delegaron ese proceso a una máquina antes de haberlo practicado siquiera una vez. Hoy incluso, la inteligencia artificial ha estado siendo usada por los propios estudiantes para sus tareas y trabajos.
La respuesta no fue y no es prohibir la IA en las aulas. La respuesta es cambiar radicalmente qué se enseña y cómo se evalúa. Si un estudiante puede usar IA para redactar un informe, el informe ya no puede ser el examen. Hay que evaluar criterio, juicio, capacidad de hacer las preguntas correctas. Esas son las competencias que ninguna máquina reemplaza..
No se está enseñando lo que se necesita. Y tampoco en la forma en que se necesita. Las universidades en Ecuador deben ser más exigentes. El mundo que espera a sus egresados es más competitivo que el de hace diez años.

Los puestos operativos de nivel inicial — el auxiliar contable, el asistente administrativo, el digitador, el analista de datos junior — eran la escuela real. Ahí el joven professional aprendía cómo se mueve una empresa por dentro: cómo se procesa una factura, cómo se organiza un archivo, cómo se gestiona una solicitud, cómo se trata a un cliente.
La inteligencia artificial estaria reemplazando exactamente esos puestos. Las tareas más repetitivas, más estructuradas, más fáciles de automatizar son precisamente las que ocupaban el escalón de entrada. Y con ellas desapareceria el espacio donde una generación entera de profesionales jóvenes deberia aprender lo más importante: cómo funciona el trabajo real, mas alla de la teoria.
Si esos puestos desaparecen, ¿por dónde entra el talento joven? ¿Dónde desarrolla criterio? ¿Cómo construye una carrera sin ese primer peldaño? No tengo una respuesta fácil. Pero ignorar la pregunta sería un error costoso.

Las empresas en Ecuador — grandes, medianas, pymes, negocios familiares — están en el centro de esta tormenta sin haberla provocado. Reciben egresados con brechas de formación importantes, en un mercado donde los márgenes son más ajustados y la competencia más exigente. Y se encuentran ante una pregunta difícil: ¿invertimos tiempo en formar a alguien que no trajo las bases, o automatizamos el proceso y prescindimos del puesto por una IA?
Algunas lamentablemente estarán pensando en la segunda opción. Una empresa hoy no puede darse el lujo de ser la extensión de una universidad. Los tiempos son más cortos, las exigencias del mercado son más altas y la tecnología avanza más rápido que cualquier programa de inducción.
El resultado es una paradoja: hay jóvenes sin empleo y empresas sin el talento que necesitan. No es un problema de oferta ni de demanda. Es un problema de una cadena de formación que se rompió y que nadie ha asumido la responsabilidad de reparar.r.
¿Quién tiene que actuar?
Las universidades deben replantear sus currículos con urgencia y elevar sus estándares. Los gremios profesionales — de contadores, abogados, administradores, ingenieros — deben redefinir lo qué significa ser competente en su campo en la era de la inteligencia artificial. Y el Estado debe entender que esto ya no es un tema tecnológico: es un tema de empleo, de equidad y de futuro del país.
Esta conversación la deben tener juntos: academia, empresas, gremios y Estado. No por separado, no en comités que no deciden, no cuando el daño ya sea irreversible. Ahora, mientras todavía hay margen para actuar.
La transformación no viene. Ya llegó. Y en Ecuador, la cadena que formaba profesionales y sostenía las operaciones de nuestras empresas lleva tiempo con fracturas que hoy se volvieron imposibles de ignorar.

